domingo, 27 de mayo de 2012

(69) Tengo ganas de morirme para ver qué cara pongo, Miquel Albandoz

Si me dicen que me iba a partir el culo de la risa con un libro, a mi edad, diría que eso era imposible. Pues bien, lo imposible está aquí. Con este libro hasta he llegado a recibir las miradas reprochadoras de mi chica por las carcajadas que me ha producido.

Y encima era un libro que no tenía intención de leer, ya que lo compré (para el Kindle) para mi pareja, que me dijo que le gustaría leerlo. Al final lo dejó nada más comenzar porque no le hizo tilín, y lo empecé yo simplemente por mor de completitud: si lo he comprado, al menos intento leerlo.

La obra comienza un tanto insulsa, con unos personajes típicos de Delibes o de Cela, para rápidamente pasar a escenas de la vida normal y corriente pero con un punto kafkiano que hace que sueltes la carcajada.

Y eso es lo bueno de la novela. Sin haber nada extraordinario en ella, cada situación destila humor por todos sus párrafos. Y tan solo hay que exagerar un poquito, pero solo un poquito, escenas de la vida diaria.

El centro del argumento se sitúa en cuatro cincuentones fondones y sus peripecias como amigos de la infancia y juventud vueltos a unir. También hay un asesino a sueldo y un sinvergüenza muy español, y todos ellos son personas muy normales que viven situaciones relativamente normales.

Es muy difícil escribir humor del bueno, y encima sin crear situaciones estrambóticas, y lo que es peor: es muy difícil hacerme reír con un libro de humor. Sin embargo este lo ha conseguido al 100%.

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