domingo, 13 de octubre de 2013

Jubera 08: Un descubrimiento prodigioso

Resulta evidente para cualquiera que haya leído a Verne con cierta atención cómo esta novela no respira igual. No es Verne, ni de lejos. Demasiada carga e introspección social, demasiado detenerse en el detalle no geográfico o científico.
Aparte de eso resulta un poco incomprensible, e incluso da la impresión de que está cortada. 
Yo tenía una edición de la que no me fiaba y hacía bien. Creo que le faltan un par de capítulos (los más sociales) y me daba la impresión que carecía de algo o que no era Verne. 
Ahora que he leído esta versión estoy completamente seguro: no lo es. No porque ya se sepa de forma oficial (desde los años 60 del siglo pasado), sino porque, una vez leída, resulta más que evidente que no es de Verne, por mucho que le pese a más de un trasnochado que sigue citándola como si nada. O bien no se entera o bien no se quiere enterar.
Tanto da.
En ella alguien descubre una especie de “repelente de gravedad” (¿Recuerdan la cavorita de Wells?) al modificar el fluido eléctrico y decide comunicarlo al mundo de forma progresiva para evitar que los gobiernos abusen del descubrimiento. Primero cita a la gente en el centro de París y se pasea, con nada más que su ropa, por los aires.
Después construye una especie de nave y primero hace un viaje en vacío y luego con algunos pasajeros, para finalmente construir un buque con quinientas plazas, que embarcan y se dirigen a realizar una vuelta por el mundo.
Los últimos párrafos describen una carta escrita por un loco a un periódico que no existe, dejando todo el texto anterior como un sueño onírico.
Aparte de la confusión evidente, que deja a uno un poco descolocado por un final tan poco  verniano, queda claro que la novela no es de nuestro autor.
En fin, recogida en un fascículo de 36 páginas, con los grabados típicos de las obras de Verne, queda como una curiosidad sin más y forma parte del número 8 de la colección y cierra el Tomo 1 de los 14 que conforman la edición de Jubera.

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